DESCRIPCIÓN

    Este es el último cuento de

    la serie "Ocaso". Aqui seguimos

    la narracion de Tanatos,

    quien recuerda diversos

    eventos que ha presenciado

    a lo largo de su labor como

    la encarnacion de

    La Muerte.

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OCASO Episodio Dieciséis

Aún recuerdo la Europa de la Peste Negra, así como las diversas guerras entre países del Medio Oriente hace ya veinte siglos. Los desastres nucleares del ser humano moderno y las matanzas por alcanzar un plano existencial superior durante la antigüedad. Incluso, lo menos impactante como tener que matar animales para sobrevivir o pisar por accidente una hormiga. Llegue a un punto en el cual mi mente no puede abarcar tantos recuerdos sin que eventualmente todos se entremezclen.

Durante mis descansos en el Limbo, uno que otro demonio se aparece para preguntarme sobre las guerras mundiales y las catástrofes humanas. Eventualmente se retiran al ver que no deseo hablar con nadie. Parte de mi considera que, en algún momento, podría decirle a alguno de ellos que lo que mas persiste en mi memoria no son ni los conflictos armados ni los holocaustos, sino las historias pequeñas. Relataré una de estas.

En un burdel se encontraba una adolescente llamada Jennifer. Tengo entendido que su nombre real era otro, pero así se le fue asignado de parte de su proxeneta. Cumplía un año de haber caído en la prostitución gracias a personas que tomaron ventaja de la típica ignorancia que todo humano tiene a los dieciséis años. Nada le favorecía carecer de un adulto que le enseñase otros caminos. Durante otra noche mas de entregar su cuerpo a quien tenga los bolsillos llenos, la angustia era notoria en esos apagados ojos. No tuvo tiempo de darle luto a su amiga Tiziana, la única persona que la acompaño y amortiguó el dolor y pena de haber terminado en aquel pozo moral. Aún no podía sacarse de la cabeza el destino de su amiga.

El proxeneta de Tiziana tuvo una conversación anónima con un hombre que quería traerla a ella y a otras dos mujeres jóvenes para una fiesta privada. Accediendo a la oferta, Tiziana y las demás fueron enviadas a una camioneta para ser llevadas al departamento. Allí mismo fueron encerradas y retenidas durante días, desapareciendo del ojo publico. Tras días de investigación, la policía local encontró la zona del crimen, solo para darse cuenta que ya era tarde. Según tengo entendido, los secuestradores eran un grupo de narcotraficantes extranjeros que buscaba venganza contra el proxeneta de Tiziana. A una de las prostitutas se le fue amputados uno por uno los dedos de una mano izquierda con un serrucho mientras estaba siendo filmada. Según uno de los secuestradores, el propósito del video era dar una muestra de “las consecuencias de querer joderle el negocio”. El video fue distribuido a cada uno de los integrantes del grupo narcotráfico, así como a quienes iba dirigido el mensaje. En otro video, a esta misma mujer se le corta una oreja, la cual es acercada a la cámara para que se vea con detalle. Finalmente, la victima fue degollada. La segunda prostituta fue torturada durante minutos con puntazos en el estomago y golpes reiterados en el rostro hasta matarla con un golpe que le provoco una fractura craneal. Por último, Tiziana sufrió puntadas en las piernas, cortes en la cara con intención de dejarla sin labios, golpeada y eventualmente estrangulada.

Y con esa sola idea en su cabeza, Jennifer se quedó observando a todos los hombres sentados ante ella que buscaban satisfacción sexual, desde drogadictos hasta uno que otro policía que intentaba en vano hacerse pasar por civil. A su lado habían otras prostitutas que iban desde los catorce a los veintinueve años de edad. Ninguna le importaba. Se sentía mas sola que nunca y ya no tenia nada que hacer, solo continuar con lo que tenia en frente.

Uno de los hombres presentes, un total desconocido, era Damián. No era la primera vez que él se presentaba a ese lugar rodeado de paredes sin pintar, y reconocía que no seria la última. Incomodaba a Jennifer con una mirada que, lejos de intentar perturbarla, ocultaba una gran dicha. Esa adolescente era, a su parecer, la hembra mas preciosa que había visto en su vida. Su mayor fracaso fue haberse presentado tantas veces y nunca haber logrado aparearse con ella. “¿Por que no le puedo hablar? Tantas putas y no me puedo garchar a la única que importa” pensaba él repetidamente.

Y así paso la noche. Otra vez pagando por meter su miembro viril en cualquier lugar menos en Jennifer, ya sea porque no se atrevió a hablarle o porque alguien se adelantaba. La primera vez fue el policía, luego un drogadicto, ¿quien habrá sido el siguiente? Nunca lo supo. Tampoco le importaba. Lo único que sabia es que no era él.

En su compacta casa, que aún así era demasiado grande para él, Damián tenia el pasatiempo de coleccionar recortes de diario sobre diversos crímenes. A veces leía el obituario por alguna razón que ni él mismo entendía. Entre estos, compiló algunos relacionados a las tres prostitutas asesinadas. Los antecedentes, la investigación policial, los descubrimientos posteriores, la captura de los sospechosos y, por supuesto, la autopsia. Tantas matanzas por conflictos religiosos y choques automovilísticos por ebriedad, pero el caso de esas tres jóvenes lo alarmó de sobremanera. Pensó inmediatamente en su preciada Jennifer y el horrible destino que las calles le tenían preparado. “No, no debe ser así” pensó varias veces dando vueltas por la casa. “Solo tiene diecisiete… ¡Solo diecisiete! ¿Por que tiene que estar expuesta a semejante inmundicia?”.

Cuando no pasaba las tardes recolectando noticias, usando el celular, fumando o bebiendo, se quedaba en un bar cerca de su casa a seguir fumando y bebiendo con gente desconocida. Según me ha contado Eros, mi hermana mayor, Damián aun recordaba sus primeras botellas y cajas de cigarrillo. Todos sus conocidos allí habían comenzado desde los once o doce años; mas no era su caso. Durante su adolescencia, no tenia nada que hacer una vez que volvía del colegio. No socializaba y sus padres le prestaban poca atención. Y un día cualquiera, comenzó a robarle los cigarrillos al padre por mero aburrimiento. El alcohol vino después tras terminar el colegio y conseguir trabajo. Años posteriores, y durante el transcurso de este relato, Damián se encontraba rodeado de gente en el bar de su barrio. Su rostro ya era reconocible, por lo que nadie se preocupaba de su silencio, a pesar de que mas de uno, sin conocerlo, llego a creer que era mudo o sordo. Nadie percibía que durante esos días Damián ocultaba unas emociones muy intensas. La imagen de Jennifer lo castigaba día tras día. Se hundía en sus propias fantasías imaginando llevársela a su casa… no, primero conseguiría un mejor trabajo para ganar mucho dinero, luego tomaría coraje para hablarle, demostrarle que es un gran ser humano y que pueden vivir juntos. Le daría un hogar, tendrían hijos y planearían un digno futuro alejados de la inmundicia de las calles, donde circulan delincuentes, drogadictos y demás escoria social. Seria la vida perfecta.

El día siguiente estuvo en su casa mirando el techo y fumando debido a que lo acababan de despedir. Se le fue informado sin dar explicaciones. Damián se retiró sin cuestionar nada, simplemente acepto lo que se le fue dicho. No le comentó nada a nadie, sino que se acostó a dormir y después seguir fumando. “Pero ya no me va a alcanzar para comprar mas paquetes… ni tampoco para ver a Jennifer” fue el primer pensamiento que tuvo luego de unas cuantas horas.

En el bar durante la noche, concentrándose en beber lo menos posible, uno de sus conocidos le recomendó trabajar en la comunidad religiosa de la zona. “Conozco al cura. Se llama Alfonso, un tipo muy amable. Siempre tiene espacio para recibir mas gente” afirmaba. Damián se lo agradeció con un seco “Gracias”. Quizá ese conocido haya sido alguien en quien confiar, aunque pronto se olvidaría de él.

A la mañana siguiente, Damián se presentó ante la casa del cura preguntando por trabajo. Su bienvenida fue inmediata.

- ¡Pero por supuesto! – dijo Alfonso – Siempre hay lugar para uno mas.

Tuvieron una larga conversación en la cual a Damián siempre se le olvidaba referirse a su nuevo empleador como “Padre”. Sabia que debía ser lo mas correcto posible y dar buena imagen. Cuando comentó sobre sus habilidades en albañilería, Alfonso respondió:

- Me parece ideal. A tu edad yo trabajé arreglando caños de agua, levantando paredes, arreglando motores y demás cosas que décadas de necesidad me enseñaron. Hasta que un día me levanté para celebrar mi cumpleaños setenta… La vida misma mi impidió continuar con el trabajado pesado.

Luego de varios “Si” y “Aja” de parte de Damián, así como una intermitente sonrisa forzada, finalmente fue llevado a conocer los interiores de la comunidad religiosa. Las habitaciones eran modestas y evocaban nostalgia a cualquier joven que entrase, pues estaban decoradas por personas que bien podrían ser sus abuelos. Mas allá del perfume, la limpieza no era solamente gracias a su buen mantenimiento, sino también por la cantidad de espacio vació y los pocos muebles que había. Damián recordó a su abuela al ver una silla de hierros blancos, delgados y ondulados, acompañado de un acolchado gris con diseño de flores. Caminando detrás de Alfonso, escuchaba el rechinar del piso de madera y observaba las paredes amarillentas y pálidas. Notó que las únicas decoraciones eran figuras religiosas como cruces o pinturas de Cristo en las paredes, o cuadros de Jose Gabriel Brochero o Papa Francisco. Casi se le olvido hacer una señal de la cruz al pasar por un altar repleto de retratos de Cristo, una Biblia abierta en una página aleatoria y velas sin encender.

Hubo mucho trabajo con el pasar de las semanas. Si Damián conocía a alguien mas aparte de Alfonso, olvidaba su nombre al instante. Asumió la nueva rutina de manera natural: levantarse, realizar una tarea en la comunidad, regresar a casa, fumar mientras ve el anochecer, e irse a dormir. Le molestaba asistir a misa los domingos para escuchar, según él, los mismos discursos aburridos de Alfonso, sumado a tomar el diezmo con la mejor careta posible. Al mirar a su alrededor, observaba la iglesia construida casi en su totalidad por madera, y los rayos de sol tempraneros siendo la única iluminación que le daba vida al ritual religioso. El olor a madera era fuerte, así como la calma propia de una comunidad devota.

- No te gusta mucho venir a misa, ¿no? – le preguntó Alfonso con una sonrisa modesta.

Damián, quizá ya cansado de pretender tanto, solo lo miro con ojos caídos y se retiró. Durante su trabajo en la comunidad, su mayor queja era tener que aguantarse las ganas de llevarse un cigarrillo a la boca y, lo que provocaba mayor fatiga, era no haber visto la dulce imagen de Jennifer en días. Le daba pánico levantarse una mañana y ver el nombre de su amaba en los diarios. O peor, recibir el video de su tortura y asesinato. Se preguntaba como hacia la gente para encontrar ese tipo de videos… hace tiempo que quiere saberlo, tanto por curiosidad mórbida como para descubrir el posible destino de Jennifer si no la salvaba a tiempo.

Poco a poco, fue recuperando una costumbre que creyó olvidada. Un día, barriendo uno de los cuartos detrás de la iglesia, escuchó la voz de Alfonso desde lejos. Se quedo allí a oírlo hablar solo sobre su esposa, sobre lo que le paso con una de las personas que quiso confesar ese día, y demás.

Relataría mas sobre esto, pero se escapa a mi entendimiento. Para este caso, prefiero recurrir a Eros, mi hermana mayor, quien me dirá a continuación que ha sido de la vida de Damián anterior a todo lo que he relatado:

“Oh, Damián, Damián… Tenia suerte si siquiera era dueño de decidir por un helado de vainilla o de chocolate cuando su mamá le compraba uno. Durante su niñez, desarrolló una costumbre que le daba cierto sentimiento de poder. Espiaba a los vecinos, a los otros niños del colegio, incluso a sus propios padres. Estuvo expuesto a decenas de conversaciones que no debería haber escuchado, entre ellas, diálogos íntimos de sus padres relacionados a como la familia se caía a pedazos. El niño desarrolló resentimiento hacia ambos, a pesar de que en su adultez nunca supo que tanto de lo que escuchó era real o solo una distorsión propia de un infante que no comprende el mundo. Pasaba los días así, hasta que un día su padre lo reprimió violentamente al descubrirlo escuchando otra conversación privada entre él y su esposa. Desde entonces, Damián nunca volvió a espiar a nadie… hasta hace poco. Pero de eso no necesitas que te explique nada, hermano.”

Efectivamente, esta criatura aún joven se cansó de todo. De su vida, de los demás, de si mismo. Sabia que dentro de su mente había un rompecabezas imposible de resolver. Mientras dejaba trabajos a medias, como no terminar de arreglar el picaporte de una puerta, salió hacia la calle para fumar en tranquilidad. De manera natural, se colocó al lado de un árbol para escuchar una conversación de dos personas desconocidas. Problemas de dinero… un nuevo trabajo... un familiar enfermo… un nuevo noviazgo… Todo entremezclado entre pausas y palabras inaudibles. Llevaba este pasatiempo a donde fuese. Durante los ratos libres, trataba de interactuar con algunas personas para aparentar que le importaba la comunidad. Sumado a esto, se presentaba en las cenas a comer lo que las señoras, incluida la esposa de Alfonso, preparaban para los miembros. Nada era interesante; ni la gente con caras felices, ni en las misas, ni de parte del barrio o la suerte de grupo de amigos que tenia. Solo Jennifer, su puta favorita, mantenía su mente activa. 

Cuando su dinero escaseaba, Damián decidió pedirle a Alfonso un adelanto.

- Ah, ¿necesitas plata? – dijo con tono irónico – Pues desde acá veo que la tubería sigue sin arreglarse. – dijo estirando el cuello por la ventana – Al igual que el picaporte, las goteras. ¡Encima pusiste mal una puerta!

- Bueno, es que… - dijo Damián casi tartamudeando – Ya arreglaré todo eso. En serio. Es que he estado con otras cosas… Pero necesito algo de plata.

Alfonso, viendo los ojos cansados de Damián, notó que muy probablemente dijese la verdad. De todas formas, ha estado en contacto con personas en situaciones difíciles miles de veces. Era el pan de cada día en cualquier comunidad religiosa.

El picaporte fue arreglado el día siguiente. Damián se quedó observándolo esperando a que Alfonso lo notase. Una vez que el cura lo vio, Damián se retiró a su casa sin ser visto. Los días pasaron. Ya ni siquiera sabia si era martes o viernes, la única diferencia es que fumaba de manera mas agresiva, pasando de dos a cuatro paquetes diarios. Durante una tarde en su casa, se dio cuanta que era domingo y se le olvidó ir a misa. Tampoco asistió a la fiesta vecinal ni a la misa del domingo siguiente. Y a todo esto… el caño de agua seguía sin arreglarse.

Durante una noche, aun sin dinero, Damián se mantuvo inmóvil en la esquina del burdel, vigilando la entrada. Jennifer no estaba. Era consciente de su incapacidad de dirigirle aunque sea una sola silaba a su preciada puta si esta apareciese; solo necesitaba ver esos joviales ojos que le permitirían calmarlo aunque sea un poco. No hubo rastros de ella durante una hora. Con sus habilidades auditivas, oyó varias conversaciones de la gente que entraba y salia. Muchos diálogos y nombres de prostitutas, pero ni una sola mención de Jennifer. Damián se cansó y, derrotado, se fue a su casa con las pocas fuerzas que aun conservaba.

Otra semana más sin ir a misa, otra sin asistir a eventos comunitarios, otra sin arreglar nada de lo prometido, otra donde solo se lidiaba con el poco dinero que había. Lo único que sobraba eran las ganas de Alfonso, su esposa, y demás amigos de echar a Damián.

- Solo vienes a comer. – dijo Alfonso firmemente en voz alta - No haces otra cosa. Aseguraste que terminarías todas tus tareas y solo arreglaste el picaporte. ¿Me tomas por ignorante? Es obvio que arreglaste el picaporte solo para aparentar que estas trabajando y después olvidarte de lo demás. ¿Y que paso con la puerta? La pusiste mal. Ahora hay que sacarla y ponerla de nuevo en el marco. ¡Doble trabajo! Si no sabes arreglar algo, decímelo. No me voy a enojar. Pero no mientas diciéndome que si sabes.

- No es fácil, ¿sabe? – dijo Damián temblando y sin mirar al cura a los ojos - Lidiar con la falta de plata es…

- Es difícil. Ya lo se. Lo veo todos los días con la gente que viene a la comunidad, Damián. ¿O vos crees que la gente viene acá solo porque les parece bonito el lugar? Sé reconocer la diferencia entre una persona necesitada y un parasito. Y ya te digo yo que no estas dentro de la primera categoría.

Damián se quedó mirando el suelo, pensando en quien-sabe-que.

- Debes conseguirte un trabajo allá afuera porque no te toleraremos mas tiempo. ¡Ah! Y dicho sea de paso, una mujer también…

- ¡Estoy en eso! – dijo Damián repentinamente – Hay una mujer… pero aún no tengo nada con ella.

- ¡Ah, bueno! – sonrió Alfonso, relajándose un poco – Es bueno oír eso. Pero no te demores mucho. El que llega tarde no oye misa ni come carne. – terminó esa frase riéndose.

- Si…

- Bien. Te daré esta semana para completar todo. Te pagaré lo que deba pagarte y después te vas. – dijo Alfonso con un cambio repentino de humor, y se retiró.

A la tarde siguiente, Damián se despertaba de una siesta para darse cuenta que ya se hacia de noche. No hizo nada productivo en todo el día. Resignado, se quedó sentado sobre la cama mirando el celular. Su corazón se aceleró, las manos le transpiraban y se sentía cada vez mas asfixiado, como si estuviese atrapado en una caja de cemento. Recibió un mensaje de parte de un conocido del bar diciendo “Che, mira lo que me llego. Esto es lo que los noticieros nos ocultan”. Junto al texto, vino un video que Damián comenzó a reproducir.

El video contaba con una resolución extremadamente baja y una iluminación amarillenta, ademas de una calidad de audio pésima. Se veía a una mujer desnuda, sentada en el suelo, con la boca tapada con un trapo, atada de piernas y manos contra una pared húmeda de ladrillos. Las piernas poseían quemaduras desde los pies hasta las caderas. Aquel lugar le provocaría escalofríos a mas de uno, pues el instinto humano indica que allí ocurrieron situaciones horrendas. Apenas se distinguía como era su cara; solo se notaba la zona de sus ojos siendo oscurecidos por el contraste de la luz. Tras jadear y retorcerse unos segundos, un hombre camuflado apareció desde el lado izquierdo, y miró hacia la cámara mientras se agachaba. Empezó a amenazar a un grupo rival diciendo, casi palabra por palabra, lo mismo que el secuestrador de Tiziana había dicho. Luego comenzó a infringir cortes profundos en las piernas y brazos de la mujer con un cuchillo de cocina. La victima solo podía dar gritos ahogados mientras las gotas de sangre manchaban el suelo. Tras un minuto, el secuestrador volvió a dar otra advertencia al grupo rival mientras aparecía otro hombre del lado derecho. Ambos comenzaron a bajarse el cierre de sus pantalones mientras se iban acercando a la mujer, quien no podía hacer mas que temblar.

Damián tiró el celular al suelo, negándose a continuar viendo el video. Con el corazón latiendo a toda velocidad y sus manos temblando, se levantó, se vistió con cualquier prenda que hubiese en el piso y salió corriendo hacia la casa de Alfonso. No se detuvo ni un segundo, esquivando a la poca gente que había en la calle. Poco a poco, las luces callejeras se iban prendiendo para iluminar la noche, hasta que llegó a su objetivo y darle de golpes a la puerta. Al no poder entrar, se sacó la campera, envolvió su puño con ella y reventó de un golpe la ventana. Varios perros en la cuadra comenzaron a ladrar por el ruido mientras Damián, con patadas, fue rompiendo los pedazos de vidrio que aun quedaban sobre el marco. Corrió hasta la pieza donde dormía Alfonso, quien ya estaba despierto y ante la puerta. Sin pensarlo dos veces, Damián empujó al cura hacia la pared del costado, dejándolo caer. La esposa solo podía agarrarse de las sabanas sin saber que hacer. Damián abrió el pequeño cajón de una mesa ratona al lado de la cama. Allí tomó una llave y se retiró de la casa, tropezando con el borde de la ventana y estrellando contra los vidrios, abriéndole varias heridas en los brazos. Ignorando su dolor, corrió unos metros hasta donde estaba una de las casas sin hospedar de la comunidad. Rompió la puerta de un golpe y fue hasta un placar que había en una de las piezas. Movió la puerta de madera, tomó una caja metálica que estaba hasta el fondo y la abrió con la llave. Allí estaba todo el dinero. Alfonso apareció sorpresivamente para gritarle:

- ¿Como supiste que ese dinero estaba allí? ¡Ese es el diezmo de la buena gente!

- ¡Yo lo se todo! ¡Siempre oigo todo! - dijo Damián jadeando y transpirando.

- ¡Nos estuviste espiando, enfermo! ¡Es tarde para vos porque ya llamamos a la policía!

Damián se percató de que gradualmente perdería la adrenalina si se detenía, por lo que levantó la caja hacia arriba y verticalmente la estrelló sobre la cabeza del cura. Alfonso se echó hacia atrás, aun de pie pero perdiendo todo el brillo en sus pupilas. Con el dorso de su puño, Damián lo golpeo en la cara, arrojándolo hacia un lado. Alfonso terminó inerte en el piso. Al salir corriendo, pensó que seria un momento terrible para ser capturado, por lo que asumió que debía ser la esposa del cura quien estuviese llamando a la policía. Volvió a la casa lo mas rápido posible y descubrió a la mujer dentro de su pieza. Estaba hablando por teléfono, tartamudeando y temblando. Damián tomó a la señora por el pelo, la tiró contra el suelo y destruyó el celular a pisotones. Ya tenía lo que necesitaba, pero ahora debía obtener lo que realmente deseaba.

Ya de noche, el viento torturaba las piernas desnudas de Jennifer. Apenas podía ver a su alrededor gracias a las pocas luces que iluminaban la esquina. Algunos pasos se escuchaban desde lo lejos sin que se presentase nadie, y no había manera de saber de donde provenían. Ella solo tenia los carteles de los negocios para entretenerse. Un kiosco, una tienda de zapatos, y una licorería en la esquina contraria. A veces pensaba en tener un negocio propio, quizá así no tendría que estar en la calle a esas horas. Lo mas llamativo que ocurrió hasta ese momento era uno que otro hombre que pasaba cerca, lo cual le daba a Jennifer la indicación de que debía ponerse en posición, con una mano apoyada sobre una cadera, adoptando una postura que intentaba ser atractiva mientras se sacudía el pelo. Pero nadie le decía nada y pasaban de largo.

Otra noche más sin nada interesante… hasta que vio una sombra correr desesperadamente hacia ella, lo cual hizo que su corazón acelerara. Comenzó a mirar hacia todos lados buscando a donde ir. Ya era tarde, la figura ya había llegado:

- ¡Jennifer! – gritó este.

Espantada y con sus brazos contraídos, la adolescente dio un salto hacia atrás.

- ¡Jennifer! – repitió Damián - ¡Vengo a sacarte de acá! ¡Una hermosa mujer como vos no debe estar acá! Te he estado observando mucho tiempo. He oído todo sobre vos, y me duele que entregues tu cuerpo a tanta gente horrible. ¡Pero eso va a cambiar! ¡Te amo, Jennifer! ¡No permitiré que te ocurra lo mismo que a tu amiga Tiziana!

- ¿Q… que? – dijo Jennifer temblando y a punto de gritar. Escuchar el nombre de su muerta amiga la dejó petrificada.

- ¡Mira! ¡Tengo un montón de plata! – gritó Damián mostrando todo lo que tenia - ¡Si vos supieras… ! ¡Bah, te lo digo ahora! ¡Tuve que matar a dos personas para conseguirlo! Buenísimo, ¿no?

Jennifer finalmente reaccionó empujándolo, pero apenas lo movió.

- Pe… Pero… - tartamudeaba Damián - ¿Por que me empujas después de todo lo que hice para tenerte? ¡Mira mi ropa, llena de sangre de un cura y su esposa, porque ni el poder de Dios detiene mi amor hacia vos! ¿Eso no vale nada? ¡Por favor, Jennifer! ¡Recién asesinaron a otra puta! ¡Bah, no se si era una puta o no, pero fue muy parecido a cuando mataron a Tiziana! ¡Y no quiero que te hagan lo mismo!

En todo este transcurso de solo un minuto, la adolescente se ahogaba hasta sentir escalofríos en toda su piel, y solo podía dar pequeños y entrecortados gritos. No entendía quien era ese hombre ni que quería, solo escuchaba el nombre de su amiga Tiziana y las palabras “mataron” y “sangre”.

- ¿Que querés, pelotudo? – gritó una voz gruesa y varonil desde la oscuridad.

Un hombre gigantesco con vestido rojo y peluca rubia apareció para colocarse entre Jennifer y Damián.

- Si te metes con ella, te metes conmigo, boludito. – le dijo a Damián, para luego mirar a Jennifer y calmar su voz - ¿Que te dijo? ¿Que quiere?

- E… El… No se. Me hablo de Ti… Tiziana y sobre matar gente y… y que me quiere llevar y… - decía Jennifer con voz rota.

- ¡Listo! ¡Es todo lo que necesito saber! – gritó el hombre.

Golpeó con toda su fuerza a Damián en la cara, dejándolo en el suelo con una herida sangrante en la frente.

- ¡No te quiero volver a ver en la puta vida! ¿Me escuchaste?

Aún con un poco de adrenalina adentro suyo, Damián intentó recomponerse:

- Yo… Yo soy buena gente… Mira, también tengo algo para ti… Quizá podamos arreglar esto…

Damián intentó buscar dinero dentro de su campera, a lo que el hombre interpretó de la peor manera posible. Tomó un cuchillo de su cartera y lo clavó hasta el fondo del estomago de Damián. Lo retiró, se lo guardó y velozmente tomó a Jennifer de una mano:

- Vení, corazón. Nos vamos de acá antes de que…

Muy tarde. Dos patrullas encerraron a los dos y los cegó con luces azul y rojo. Los oficiales fueron veloces en detenerlos, reducirlos y revisarlos. Entre gritos y excusas de “defensa propia” durante tres minutos, esposaron al hombre y lo metieron dentro de la patrulla con la cabeza agachada. Una mujer policía se acerco a esa joven que se había quedado totalmente petrificada:

- Vos también tenes que venir.

- …

- Disculpe, ¿cuantos años tiene usted? – le dijo observándola detenidamente gracias a las intermitentes luces de las patrullas.

- Dieciocho. – dijo Jennifer con seguridad.

La policía le hizo un gesto de desconfianza a un compañero que estaba detrás de ella.

- Claro, dieciocho… Vení con nosotros. – le dijo a Jennifer mientras la llevaba con tranquilidad hacia el camión.

- N… No puedo ir a la cárcel. ¿Me van a encerrar? ¡No hice nada!

- Tranquila, nena. Nadie te va a hacer nada. Solo queremos hablar.

Mientras los detenidos estaban dentro del camión, un policía llamaba a una ambulancia tras descubrir que Damián estaba gravemente herido… fue en vano. Murió desangrado cuando la ayuda llegó. Quedó en el suelo, con ojos y boca abiertos en posición fetal, tapándose la herida.

Para concluir con mi relato, cabe destacar que Alfonso tuvo una grave fractura de cráneo, lo que lo llevó a terminar sobre mis brazos en pocos segundos. Su esposa tuvo mas de suerte. Desde entonces, ella se encargó de la comunidad, cuyos miembros se han comprometido a cuidarla luego de sufrir estos eventos tan traumáticos, así como acompañarla en sus momentos finales, salvandola de una vejez triste y solitaria.

Este fue el fin de Damián. Recuerdo perfectamente esos ojos tan negros y apagados que, durante sus últimos momentos de vida, finalmente brillaron.

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